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Investigaciones

Una píldora amarga. El movimiento por el acceso a los medicamentos ¿Puede conseguir otra victoria?
(A Bitter Pill. Can the access to medicines movement score another victory?)
Fran Quigley, profesor,
Foreign Affairs, 18 de octubre, 2015
https://www.foreignaffairs.com/articles/south-africa/2015-10-18/bitter-pill
Traducido por Salud y Fármacos

Mary-Jane Matsolo, vestida con unos vaqueros ajustados, sandalias doradas de tacón alto, y una camiseta blanca con letras mayúsculas de color azul marino que decían “VIH positivo”, se dirige a la parte delantera de la sala de conferencias de Johannesburgo. “Yo soy la que les va a explicar las leyes de patentes y derechos de propiedad intelectual”, dice a la docena de personas en frente de ella. “Es lo que hago, y lo hago muy bien.

Siguiendo las señales de Matsolo, todo el mundo va explicando por qué están aquí. Uno tras otro, los defensores de las personas con enfermedad mental, con diabetes, epilepsia y otras enfermedades describen con rabia cómo los pacientes a quiénes representan—que a veces son mismos—no pueden pagar los medicamentos que necesitan. Un medicamento para la depresión y el trastorno bipolar no está disponible debido a su precio; lo mismo pasa con los medicamentos para el tratamiento de la epilepsia, cáncer y problemas de salud reproductiva. “La mayoría de los médicos ni siquiera les dicen a sus pacientes que estos medicamentos les podrían ayudar”, dice un defensor de los derechos de los pacientes. “¿Por qué lo iban hacer, si las personas no pueden obtenerlos?” Otros confirman que así es.

“OK, eso está bien”, les confirma Matsolo. “Y por eso estamos aquí. Para empezar su presentación les enseña la parte de atrás de su camiseta en donde se lee: “Las patentes son malas=muerte”.

Matsolo trabaja en la Campaña de Acción para Tratamiento (Treatment Action Campaign TAC) con sede en Sudáfrica. Matsolo nació en Port Elizabeth, pero su apodo en Facebook es “Trino de Pájaro”. Este año, lanzó un álbum titulado “Alma de una Mujer (Soul of a Woman)”. Como miembro de TAC, el papel principal de Matsolo es educar al público sobre el VIH/Sida es en donde vive, haciendo presentaciones frente a una multitud. Para ella, es más que un trabajo. Una hermana mayor, ya fallecida, era VIH positiva y Matsolo pudo ver de cerca la lucha por su salud y por superar el estigma de la enfermedad. Y dice: “Ayudar a mi hermana y trabajar con TAC me convirtió en una maestra, una luchadora, una motivadora”.

Los lugares preferidos de Matsolo son las zonas aisladas rurales de Sudáfrica; su público ideal son los más pobres del país. Sin embargo, el desafío de lograr el acceso a los medicamentos a precios asequibles la ha sacado de la zona rural y llevado a capacitar a otros defensores de enfermos. El Relator Especial de las Naciones Unidas del Derecho a la Salud estima que 10 millones de personas mueren anualmente debido a que no reciben el medicamento que les puede salvar la vida. Los culpables de muchas de estas muertes, Matsolo y sus colegas de TAC dicen, son las patentes de medicamentos. Las patentes son monopolios que permiten a sus dueños fijar el precio sin tener en cuenta el coste de fabricación ni preocuparse por la competencia.

Poderosas corporaciones farmacéuticas multinacionales son dueñas de las patentes de medicamentos. TAC es famoso por haberse enfrentado a las patentes y logrado reducir el precio de los medicamentos del VIH/Sida. Pero, como los demás defensores de la salud en Johannesburgo atestiguan, los precios de otros tipos de medicamentos igualmente críticos siguen estando por las nubes.

La sesión en Johannesburgo es parte de la campaña para Cambiar la Ley de las Patentes (Fix Patent Laws). La campaña en Sudáfrica es un esfuerzo conjunto de TAC y Médicos sin Fronteras (MSF), que ganó Nobel de la Paz por su trabajo en proveer atención médica en los sitios más marginados del mundo. TAC y MSF han contratado a expertos para analizar la legislación vigente y se han llevado a cabo talleres para explicar lo que está en juego. Los manifestantes, algunos cubriéndose los ojos para demostrar que las patentes de los medicamentos se aprueban sin tener en cuenta si son verdaderamente nuevas terapias o modificaciones que no se pueden considerar innovaciones científicas y sin tener en cuenta si son económicamente accesibles, se dirigieron al Parlamento.

Pero la industria farmacéutica ha presionado a los EE UU para que recorte los beneficios comerciales que concede a Sudáfrica si decide adoptar políticas que no protegen fuertemente las patentes de medicamentos. Al mismo tiempo, correos electrónicos que se filtraron en el 2014 revelaron que las compañías farmacéuticas planeaban pagar a algunas organizaciones de la sociedad civil para demostrar que existía una oposición popular a las reformas que se habían propuesto en el parlamento. Ahora, ese proceso de reforma parece haberse estancado.

Sudáfrica es un país entre los muchos que enfrentan una crisis de salud debido a los medicamentos patentados; la OMS ha dicho que más de un tercio de la población mundial tiene acceso limitado a los medicamentos que necesita

La protección jurídica de los medicamentos patentados ha sido un punto de fricción en los acuerdos comerciales internacionales y es un tema en la campaña presidencial de 2016 en EE UU. Pero es Sudáfrica, la que se describe como “zona cero” en la lucha que los activistas tienen contra las farmacéuticas para conseguir que los medicamentos sean accesibles a todos los que los necesitan. La principal razón para esta designación es que Sudáfrica fue el escenario en el que se consiguió derrotar de forma humillante a la industria farmacéutica. Y TAC fue la organización que lo consiguió.

Una historia conocida
Al empezar el entrenamiento, Matsolo dedica poco tiempo a revisar la historia del activismo para conseguir el acceso universal a los medicamentos que necesitan. Para todos los que viven en África subsahariana, es una historia bien conocida. En los últimos años del siglo XX, el VIH/Sida estaba haciendo estragos en el continente. Se sabía que los antirretrovirales más recientes ofrecían un tratamiento enormemente eficaz para el virus—tanto que se le llamaba Efecto Lázaro. El medicamento era de uso generalizado en América del Norte y Europa, pero el alto costo de los medicamentos patentados hacía que solo fuera accesible a uno de cada 1.000 africanos infectados con el VIH. Sudáfrica fue golpeada con especial fuerza, tenía una prevalencia del VIH entre las mujeres en edad fértil de hasta el 25%. En el año 2000, más sudafricanos murieron a los 30 y 40 años que a los 60 y 70 años.

La respuesta inicial de TAC no fue impresionante. Su primer esfuerzo, el Día de los Derechos Humanos en 1998, consistió en sólo diez personas en huelga de hambre frente a la Catedral de San Jorge en la Ciudad del Cabo pidiendo a los transeúntes que firmaran una petición para exigir que el gobierno proporcionara los antiretrovirales para las mujeres embarazadas afectadas con VIH/Sida. Pero TAC tenía excelentes genes organizacionales. Varios de sus miembros fundadores habían participado activamente en el movimiento contra el apartheid. Y el grupo recibió la formación adicional de ACT-UP y otros veteranos de la espectacular y dramática campaña de tratamiento contra el SIDA en los EE UU durante los 1980 y 1990s.

TAC pronto lanzó una campaña de desobediencia civil, incluyendo el anuncio de que estaba importando ilegalmente una versión genérica de fluconazol para el Sida que era mucho más barato. Zackie Achmat, co-fundador de TAC, era VIH-positivo y a menudo estaba enfermo. Pero en una decisión dramática que atrajo la atención internacional, Achmat arriesgó su vida al negarse a tomar antirretrovirales hasta que estuvieron ampliamente disponibles para los pobres de Sudáfrica. TAC se hizo conocido por sus demostraciones animadas, que frecuentemente incluían la danza de protesta toy-toyi de Sudáfrica y canciones con el tema de “Los pacientes por encima de las patentes.”

Las icónicas camisetas con la frase VIH-Positivo que los miembros de TAC y personal como Matsolo todavía usan se crearon cuando Gugu Dlamini, activista contra el SIDA, fue golpeado y apedreado hasta la muerte después de revelar su enfermedad en un programa de radio. Basado en una adaptación libre de la historia apócrifa del rey de Dinamarca, quién llevaba una estrella amarilla en solidaridad con judíos durante la ocupación nazi, la camisa del VIH-Positivo la usan quienes sufren la enfermedad y también los que no la tienen.

TAC fue particularmente eficaz en combinar la movilización de masas con las acciones legales. Cuando los abogados presentaban demandas por los exorbitantes precios de los medicamentos patentados o pedían que se reforzaran los programas del gobierno para el Sida las salas de los juzgados estaban repletas, y las calles de afuera se llenaban con miles de manifestantes que cantaban.

Cuando la Conferencia Internacional sobre el SIDA se celebró en Durban en julio de 2000, TAC dirigió una marcha de más de 6.000 manifestantes hasta el lugar de la ceremonia de apertura, aprovechando el escenario internacional para presionar a las compañías farmacéuticas y los gobiernos a responder a la pandemia.

A medida que las protestas de TAC iban captando cada vez más atención, las compañías farmacéuticas decidieron pasar a la ofensiva; 39 empresas farmacéuticas multinacionales presentaron una demanda para impedir que se aplicara la legislación de Sudáfrica que había abierto la puerta a la importación internacional de medicamentos genéricos. A instancias de la industria farmacéutica, el Representante de Comercio de EE UU acusó al gobierno de Sudáfrica de violar la ley internacional sobre propiedad intelectual. Y EE UU incluyó a Sudáfrica en la lista de vigilancia, lo que significaba la suspensión de algunas de las ventajas comerciales de las que gozaba. EE UU, donde está la sede de cinco de las diez mayores empresas farmacéuticas del mundo, también presentó una queja formal contra el gobierno de Brasil por su programa para producir domésticamente un medicamento contra el Sida.

TAC y los activistas globales por el tratamiento contra el Sida incrementaron las presiones. Como EE UU lideraba la lucha contra Sudáfrica y Brasil, los activistas interrumpieron sin descanso a Al Gore, vicepresidente de EE UU y candidato presidencial en el 2000, en sus apariciones públicas. Incluso interrumpieron el anuncio oficial de la campaña de Gore en su ciudad natal de Cartago, en Tennessee, cantando “La avaricia de Gore mata”, hasta que los agentes de seguridad los echaron. Los activistas bloquearon el tráfico frente a la oficina de Washington de la representante comercial estadounidense Charlene Barshekfsy. Los medios internacionales comenzaron a seguir la historia, y aumentaron las presiones contra las corporaciones y la administración Clinton-Gore. El 5 de marzo de 2001, el día que empezaba la presentación de argumentos orales en la demanda de la industria farmacéutica frente al Tribunal Superior de Pretoria, TAC y otros activistas organizaron un “Día de Acción Global” contra las compañías farmacéuticas. Los manifestantes en las principales ciudades llevaban pancartas diciendo: “Detener el apartheid médico”. Otros convocaron a una audiencia para presenciar una corte simulada frente a las oficinas de GlaxoSmithKline y Bristol Myers Squibb, en la que se sentenció a las empresas culpables de asesinato por impedir que los pacientes pudieran acceder a los medicamentos por sus altos precios. Los activistas se refirieron a las empresas como “Criminales Globales en Serie” y “El Gran Sindicato Criminal.”

TAC se había convertido en una pesadilla que afectaba la imagen pública de las compañías farmacéuticas. Seis semanas después de las protestas globales, las farmacéuticas decidieron no seguir con su demanda legal. Poco después, EE UU retiró todas sus quejas contra Sudáfrica y Brasil. En noviembre de 2001, durante una conferencia ministerial de la Organización Mundial del Comercio los gobiernos aprobaron la Declaración de Doha, afirmando los derechos de las naciones a tomar medidas para reducir el costo de los medicamentos en respuesta a las necesidades de salud pública.

Las protestas que siguió haciendo TAC obligaron a las compañías farmacéuticas a permitir la fabricación y el uso de versiones genéricas de sus medicamentos patentados contra el SIDA en Sudáfrica. Un desafío legal de TAC impulsó al gobierno sudafricano a crear un plan de amplia cobertura para el VIH/Sida. Los precios de los medicamentos cayeron hasta en un 90%. El incremento en la disponibilidad del tratamiento fue impresionante. En 1999, 20.000 sudafricanos estaban recibiendo tratamiento con antirretrovirales. Hoy día son casi tres millones. A nivel mundial, el Plan de Emergencia del Presidente para el Alivio del SIDA (PEPFAR) y el Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria, ambas iniciativas de la administración Bush, están proporcionando tratamiento antirretroviral a 16 millones de personas.

Fue una victoria emocionante
El New York Times dijo que TAC era el grupo más eficaz contra el Sida en el mundo. Durante una visita a una clínica de VIH en Khayelitsha, Nelson Mandela llevaba la camiseta de la organización con el logotipo VIH-positivo. TAC apareció en el documental “Fuego en la sangre”, con la escena triunfal de Zackie Achmat hablando a la salida del juzgado después de que la industria farmacéutica retirara su demanda. Achmat gritó a la multitud que le vitoreaba: “¡Hemos hecho temblar en sus botas a la industria más poderosa del mundo!”

Libre y sin miedo
Quince años después, la industria parece que se encuentra tranquila, que ya han pasado aquellos días de miedo a los activistas. Achmat y otros ya no están con TAC. Las históricas ganancias del esfuerzo por conseguir acceso al tratamiento para el VIH-Sida siguen en pie, pero no se logró su transferencia a otras enfermedades. El ejemplo más dramático ha sido el cáncer, el viejo enemigo de Linda Greeff.

Greeff es una trabajadora social que viven en Ciudad del Cabo, y cuando a los 31 años fue diagnosticada con cáncer de ovario era madre de dos hijos pequeños. Las cirugías para extirpar los tumores y eventualmente una histerectomía fueron exitosas en el tratamiento del cáncer, pero ella se pasó años luchando física y emocionalmente. Después de su recuperación, Greeff y otro sobreviviente fundaron el grupo Personas que Viven con Cáncer (Persons who Live with Cancer). Como la mayoría de las organizaciones centradas en una enfermedad, se concentró en actividades de sensibilización y servicios de apoyo que no crean polémica. Asesoraba gratuitamente por teléfono y tenía un sistema por el que un sobreviviente se ponía en contacto con la persona recién diagnosticada para ayudarla y darle apoyo. Estaba satisfecha con que las empresas farmacéuticas la financiaran. Pero Greeff cada día estaba más inquieta. Veía demasiados pacientes con cáncer que no tenían acceso a los tratamientos, a pesar que había medicinas que hubieran mitigado el dolor o incluso curado a las pacientes. “Por la noche no puedo dormir sabiendo que hay gente por ahí que no pueden obtener el tratamiento que necesita”, dice Greeff.

Así que decidió asistir al entrenamiento “Arregla las Leyes de Patentes (Fix the Patent Laws)”, un ejercicio que según admite la está forzando a hacer cosas que no había hecho antes, y que le suponen un reto. Greeff siempre se ha considerado como una persona que quiere ayudar y no como una activista. La complejidad de las leyes de patentes le intimida, al igual que la posibilidad de enfrentarse con las empresas gubernamentales y multinacionales. No es un miedo irracional: en cuanto Greeff comenzó tentativamente a participar en eventos públicos que cuestionaban los precios de los medicamentos patentados, su grupo perdió parte de las donaciones de la industria.

Durante las últimas décadas ha habido avances importantes en la existencia de medicamentos contra el cáncer. Especialmente en el área de productos biológicos, es decir que utilizan sistemas vivos, como bacterias, o células vegetales o animales. Pero los nuevos medicamentos contra el cáncer están protegidos por patentes en la mayoría de los países, lo que se traduce en precios que están fuera del alcance de los pobres. Con reminiscencias de la pandemia del VIH/Sida de la década de 1990, millones de pacientes de cáncer en países en desarrollo sufren sin tratamiento.

A modo de ejemplo, Greeff señala que muchos pacientes sudafricanos con cáncer de mama podrían beneficiarse del tratamiento con trastuzumab, comercializado por Roche bajo el nombre de Herceptin. Herceptin es un fármaco muy eficaz que puede reducir la mortalidad en un 30% en algunos tipos de cáncer. Su desarrollo fue tan impactante se convirtió en protagonista de una película del canal de televisión Lifetime, con el actor Harry Connick, Jr. Herceptin se ha convertido en uno de los diez medicamentos de venta bajo prescripción más vendidos en el mundo, y se estima que Roche ha obtenido ingresos de unos US$54.000 millones. Pero el medicamento no está disponible para la mayoría de sudafricanos, ya que su precio es demasiado alto para que el gobierno lo pueda proveer en su sistema público. Greeff ha visto madres jóvenes sudafricanas con cáncer tratable que pasaron a estadios terminales, mientras esperaban en vano la medicina que les habría curado. “Para mí, esto es una cuestión de derechos humanos”, dice.

Como la mayoría de sudafricanos, Greeff observó a distancia las demostraciones agresivas de TAC y los litigios para conseguir tratamientos contra el VIH/Sida. Pero ahora está convencida de que su defensa del tratamiento contra el cáncer tiene que seguir ese mismo camino. “Lo que han hecho con VIH/Sida—la movilización masiva, la experiencia jurídica, y la decisión de tomar medidas radicales cuando sea necesario—es lo que ahora tenemos que hacer,” dice.

Sin embargo, está claro que esta coalición amplia no puede simplemente imitar la lucha exitosa de TAC por el acceso a los medicamentos contra el SIDA. El mensaje de aquella lucha se benefició de una evidencia clara: los pacientes VIH positivos con acceso a retrovirales pueden gozar de una vida sana durante años; sin el medicamento se mueren. Por el contrario, la lucha actual, en Sudáfrica y en otras partes, abarca una increíble variedad de medicamentos y enfermedades. En privado, los organizadores están preocupados porque se dan cuenta de que será difícil recrear un claro consenso moral en torno a todos los medicamentos. Y también hay esto: aunque la industria farmacéutica resintió los grandes descuentos a los medicamentos contra el SIDA, sus concesiones solo representaban una pequeña parte de sus márgenes de beneficio. El desafío de Fix the Patent Laws es que lo que tienen que hacer representa un ataque frontal al modelo de desarrollo y producción de medicamentos que tiene la industria. “Ellos saben que no nos vamos a quedar parados”, dice Greeff. “Y tienen recursos multimillonarios para luchar contra nosotros”.

Un largo viaje
Matsolo decide que es el momento de explicar las reglas de juego para la próxima pelea. “¿Quién sabe lo que es ADPIC?”, pregunta. Miradas en blanco le responden. Y Matsolo describe el Acuerdo de 1994 sobre los Aspectos Relacionados con el Comercio de los Derechos de Propiedad Intelectual, también conocido como ADPIC. Firmado por 123 países, los ADPIC equipararon un mosaico global de legislación sobre propiedad intelectual que era desigual y que obliga a proteger a los titulares de patentes, a los que tienen derechos de autor y a las marcas comerciales. Esa protección gubernamental otorga a los titulares de patentes un monopolio de 20 años para sus productos; durante ese tiempo ninguna otra compañía ni individuo puede producir o importar esos productos.

En el caso de los medicamentos, los ADPIC cambiaron radicalmente el status quo. En la mayoría de las sociedades, había pocos precedentes para conceder patentes a productos necesarios como las medicinas. Por ejemplo, en la ley de patentes de Alemania de 1877 los medicamentos se consideraban “bienes esenciales”, junto con los alimentos y los productos químicos, y se prohibió cualquier intento de patentarlos. Ya bien entrada la segunda mitad del siglo XX, países como Brasil, India y España imponían límites estrictos a las patentes para medicamentos. Cuando en 1986 se iniciaron las negociaciones sobre los ADPIC, más de la mitad de los países involucrados o bien tenían patentes muy limitadas para los medicamentos o se rehusaban a tenerlas.

Esto se había convertido en un problema creciente para las compañías farmacéuticas multinacionales. Sus industrias, que en el pasado competía por su capacidad de innovación y por sus precios, empezaron a depender en los beneficios de los productos patentados. En un momento, a mediados del siglo XX, por ejemplo, un 33% de sus ventas globales de Pfizer provenían solamente dos fármacos patentados. Así que la industria presionó al gobierno de EE UU para que la protección de la propiedad intelectual fuera una prioridad en todas las negociaciones comerciales. La industria no tardó mucho tiempo en encontrar el apoyo del Capitolio y de la Casa Blanca. En EE UU, las compañías farmacéuticas siempre están entre las industrias que más contribuyen a las campañas electorales de los políticos y entre las que más gastan en lobbying. Por ello, no sorprende que EE UU haya sido el defensor más apasionado de los ADPIC. Blandiendo su poderío económico, Washington ofreció incentivos y amenazó con sanciones comerciales hasta lograr que incluso los países más reacios aceptaran las patentes.

Sin embargo, algunas naciones todavía insisten en promover políticas que permitan el acceso a medicamentos asequibles. ADPIC incluye algunas excepciones a sus estrictos términos generales pro-patentes, incluyendo la posibilidad de que los países puedan emitir licencias obligatorias y producir medicamentos genéricos, incluso estando protegidos por patentes. Entre los gobiernos que luchan por el acceso a medicamentos asequibles, India destaca por haber sido el más exitoso. Matsolo presenta al grupo de Johannesburgo a Shailly Gupta, quien colabora con MSF en la campaña de acceso a medicamentos en India. Gupta es menos extravagante que Matsolo, pero habla sobre el acceso a los medicamentos con la misma pasión. Gupta reparte tarjetas de visita que en la parte posterior tienen la foto de un anillo de oro brillante con una pastilla en el centro en lugar de un diamante y se lee: “Los medicamentos no deben ser un lujo”.

Gupta explica que la resistencia de India a patentar algunos medicamentos ha permitido que su industria farmacéutica pueda producir medicamentos genéricos, hasta el punto que se la conoce como “la farmacia del mundo en desarrollo.” El 80% de los medicamentos genéricos que se usan en los países pobres se fabrican en India. El gobierno de India ha establecido estrictos criterios de patentabilidad, y ha emitido licencias obligatorias para la fabricación genérica de varios medicamentos, incluyendo un tratamiento para el cáncer de riñón y de hígado, cuyo precio genérico es 97% más barato.

La legislación india es particularmente dura con una práctica de la industria de medicamentos que se conoce como perennización o renovación continua de las patentes (evergreening). A través de este procedimiento se conceden patentes nuevas a medicamentos patentados que se han sometido a cambios menores o para los que se ha encontrado una nueva indicación. Gupta pone a Sudáfrica como ejemplo para ilustrar cómo funciona la renovación de las patentes: En 1993, Novartis obtuvo en Sudáfrica una patente para imatinib (Gleevec), para tratar la leucemia mieloide crónica, y su vigencia terminaba en 2013. Novartis obtuvo dos patentes adicionales, una en 1997 para una nueva forma del producto y otra en 2002 para el tratamiento de una infección relacionada con el VIH. Ahora en Sudáfrica la patente no vence hasta 2022, 29 años después de que se concediera la patente original.

Los activistas sudafricanos asienten con la cabeza. Es una historia que conocen bien. Pero, Gupta les dice que comparen la situación con India, donde la legislación de patentes no permite el evergreening. En 2006, el gobierno de India rechazó la solicitud de Novartis de patentar los nuevos usos de Gleevec. Sin patentes nuevas, el medicamento cuesta un 91% menos que la versión sudafricana. Cuando Gupta revela la diferencia de precio, los ojos de los activistas se agrandan. Gupta sonríe, no es capaz de ocultar su satisfacción. Y explica que en su país, 570 millones de personas viven con menos de un dólar diario. La reducción al precio de los medicamentos, cada céntimo, contribuye a que se salven vidas.

Novartis no aceptó la decisión de India de rechazar las nuevas patentes, y su decisión de apelar la decisión de la corte movilizó a los activistas que estaban a favor y a los que estaban en contra. Gupta y sus colegas de MSF recogieron casi medio millón de firmas para pedir que Novartis desistiera de su apelación. Miles salieron a la calle y se manifestaron frente de las oficinas de Novartis en todo el mundo, en muchos sitios usaban píldoras gigantes inflables en las que se podía leer un juego de palabras en inglés: “Novartis: Making a Killing for a Profit” (Novartis: matando para obtener beneficios). En el 2013, la Corte Suprema de India rechazó la apelación de Novartis y mantuvo su normativa contra el evergreening.

La apelación de Novartis siguió los procedimientos judiciales establecidos. Pero el vigoroso cabildeo de la industria farmacéutica para incrementar la duración de las patentes a veces ha entrado en un territorio éticamente dudoso. En enero de 2014, se filtró un correo electrónico del director general de Merck para la región subsahariana de África en el que se reveló la existencia de un plan que involucraba a casi dos docenas de compañías farmacéuticas que invirtieron US$$600,000 para crear organizaciones civiles fantasmas que generaran la percepción de que había oposición popular a reformar la ley de patentes. El escándalo que siguió a “Pharmagate” apareció en todos los titulares de la prensa en Sudáfrica. El ministro de Salud, Aaron Motsoaledi, furioso, denunció el plan. “Este documento puede condenar a muchos sudafricanos a la muerte. Esto no es una exageración. Es un plan de genocidio”, dijo Motsoaledi al periódico Mail and Guardian. Una caricatura en el Sunday Times representó a “Big Pharma” con tres divisiones: la de investigación, la de beneficios, y “la del genocidio del Tercer Mundo”, este último dirigido por la parca de la muerte.

Una píldora amarga. El movimiento por el acceso a  los medicamentos ¿Puede conseguir otra victoria?

Caricatura en el Sunday Times

Obviamente absurdo
En todo el mundo, los activistas en favor del acceso a los medicamentos están prestando atención al esfuerzo de Sudafrica por reformar las leyes de patentes (Fix the Patent Laws), pero dicen que para que tenga impacto hay que hacerlo a nivel global. Jamie Love, un economista que dirige la organización Knowledge Ecology International (KEI) dice: “Tenemos que abandonar la idea de que la investigación de nuevos medicamentos se debe financiar a través de precios elevados y de la concesión de monopolios”.

Love, un estibador que pasó a trabajar con Ralph Nader, dice las cosas claras, lo que han molestado a muchas compañías y a veces incluso a algunos aliados. Pero desde hace tiempo colabora con TAC y ha jugado un rol crítico en la histórica victoria que obtuvo el tratamiento para los enfermos de VIH/Sida. Fue Love quien convenció a Cipla, la empresa india de genéricos, para que en 2001 hiciera la dramática promesa de producir y vender medicamentos antirretrovirales al precio de un dólar por día. Una oferta que significaba una reducción de 96% del precio del medicamento patentado, lo cual captó inmediatamente la atención internacional y contribuyó a aumentar la presión sobre las empresas farmacéuticas y a los gobiernos.

Love y otros activistas dicen que la ley de propiedad intelectual para las medicinas debería ser diferente a la ley para proteger otros productos como los teléfonos inteligentes o las pantallas televisivas. Que un ciudadano no tenga capacidad adquisitiva para comprar este tipo de productos no crea ningún problema moral, como el que se crea cuando no puede comprar un producto que necesita para salvar su vida. Muchos filósofos y economistas están de acuerdo y dicen que los países que durante muchas generaciones, antes de ADPIC, clasificaban a los medicamentos como bienes públicos habían actuado correctamente. Jonas Salk, quien inventó la vacuna para la polio se negó a patentarla, explicando que pertenecía a la ciudadanía. El creador de la primera vacuna sintética para la malaria donó la patente a la OMS.

Love, señala a menudo que incluso EE UU, el promotor a ultranza de otorgar la máxima protección de patentes, no duda en ignorarlas cuando le conviene. Tiene un largo historial de usar licencias obligatorias para producir tecnología militar. Cuando el país se enfrentó con el susto del ántrax en otoño de 2011, el gobierno no dudo de amenazar a Bayer con una licencia obligatoria para conseguir una reducción al precio de la ciprofloxacina, que se consideraba el mejor tratamiento para las personas expuestas al ántrax.

Sin embargo, la pregunta sigue siendo: las patentes ¿Son necesarias para incentivar la investigación de nuevos medicamentos? Ese es el argumento que la industria farmacéutica ha utilizado durante mucho tiempo. Las empresas reconocen que fabricar la mayoría de los medicamentos cuesta unos centavos por dosis, pero dicen que los monopolios que crean las patentes son necesarios para recuperar la inversión en investigación y desarrollo de los medicamentos innovadores, una cantidad difícil de precisar. Un estudio de la Universidad de Tufts, financiado por la industria, estima que el proceso de investigación y desarrollo de un medicamento nuevo cuesta un promedio de US$2.600 millones, pero hay una clara falta de transparencia en las cifras que ofrece la industria. Otros analistas han llegado a calcular el costo en una fracción de la cifra que ofrecen los investigadores pagados por la industria. Varios legisladores estatales y federales han propuesto legislación que obligue a presentar datos verificables del costo de desarrollar medicamentos nuevos. Sea cual sea la cifra real, dicen los defensores de los precios accesibles, los datos de las propias empresas demuestran que gastan más en marketing que en investigación.

Un asunto que no está en disputa: la recompensa al final del proceso de investigación y desarrollo sólo se llena de oro si el nuevo medicamento puede venderse a precios rentables. Inevitablemente, lo que esto significa es que las farmacéuticas dedican la gran mayoría de su investigación a medicinas para el consumo de los que son comparativamente más ricos. Los investigadores Adams Mannan y Alan Story han señalado que los costos de marketing de cualquiera de los medicamentos para la disfunción eréctil exceden en mucho a la inversión en el desarrollo de la vacuna para el dengue, a pesar de que un 40% de la población mundial está en riesgo de sufrir esa enfermedad. Y esto no es ninguna sorpresa. A los pocos días de salir al mercado, la Viagra dobló el precio de las acciones de Pfizer.

En lugar de estimular la investigación se ha acusado al actual sistema de patentes de limitar el desarrollo de nuevas terapias. Las patentes tienen el efecto de bloquear el acceso a lo que se conoce, sobre todo porque la legislación vigente estimula la acumulación de barreras (packet thickets), que disuaden a posibles competidores de entrar en la misma área de investigación.

Love insiste que no tiene por qué ser así. “El cambio transformador viene con la desvinculación”, dice. Des-vinculación es el término que Love y otros usan para describir un conjunto de propuestas que rompen la conexión entre precios de los medicamentos y los costos de investigación y desarrollo. Las propuestas incluyen una variedad de incentivos tales como subvenciones, premios, compromisos de compra de medicamentos, e incluso financiación pública de la investigación. Muchos defensores presionan para que se proponga un tratado de investigación y desarrollo que priorice la investigación en enfermedades olvidadas y se garantice el acceso a los nuevos tratamientos. Esta reforma no tiene por qué significar el fin de la industria farmacéutica, dice Love. “Si la desvinculación se hace correctamente, si se ofrecen buenos atractivos para la innovación, las empresas que tienen capacidad para innovar no tendrán problemas”.

Casi todas estas propuestas de reforma anticipan que haya una inversión pública sustancial. Pero los contribuyentes, sobre todo en EE UU, ya están pagando por el proceso de investigación y desarrollo de medicamentos. A nivel mundial, se estima que un 30% de estos costos los están pagando los gobiernos a través de entidades como los Institutos Nacionales de Salud, y la filantropía privada financia otro 10%. Es más, una ley estadounidense de 1981 aseguró que las patentes de medicamentos innovadores cuya investigación ha sido financiada con fondos públicos fueran transferidas a empresas privadas, es decir que los que pagan impuestos también pagan precios monopólicos cuando termina el proceso de desarrollo de los medicamentos nuevos.

Un ejemplo reciente es el caso de Gilead. Su medicamento para la hepatitis C, sofosbuvir (Sovaldi), se vende a US$1.000 la píldora, lo que representa un recargo de 1.000% sobre sus costos de fabricación. Este precio ha generado una crisis presupuestarias para la Administración de Veteranos de Guerra de EE UU, que en lo que va de su año fiscal ha gastado US$1.000 millones en los medicamentos de Gilead para la hepatitis C. Los programas estatales de Medicaid se enfrentan con una situación parecida y han tenido que racionar la prescripción de Sovaldi. Sin embargo, antes de que Gilead comprara la patente a otra empresa, su desarrollo había sido financiado por los que ahora son sus clientes, incluyendo la Administración de Veteranos. Lo que el gobierno de EE UU pagó en 2014 por Sovaldi hizo que el margen de beneficio de Gilead fuera de casi un 50%.

Parece que estos ejemplos están creando una oportunidad para que la reforma. En julio, 118 médicos líderes en cancerologia en EE UU firmaron un artículo publicado en la revista Mayo Clinic Procceedings, en el que denunciaban el precio promedio de venta de más de US$100.000 de las nuevas medicinas para el cáncer. Por lo menos uno de cada cinco de sus pacientes no podía comprar las medicinas por su alto precio. Ayalew Tefferi, un hematólogo de la Clínica Mayo y el primer firmante del artículo, dijo al Wall Street Journal, “Estamos luchando contra la codicia.” Los cancerólogos se unieron a un coro de voces que pide al Congreso de EEE UU con un tono de voz cada día más alto que cambie la ley para permitir que el programa de Medicare negocie los precios de los medicamentos con las empresas farmacéuticas. El presidente Obama prometió durante su campaña electoral que se podrían negociar los precios, como sucede en otros países que consiguen precios más bajos. Pero se abandonó la idea durante el proceso de aprobación de la ley Affordable Care, también conocida como Obamacare. “Medicare es un mercado asegurado”, dice Love. “Así que las empresas están diciendo, ‘Vamos a aprovecharnos'”.

En el escenario mundial, casi todos los países de la Alianza del Transpacitico (Trans-Pacific Partnership TPP) se opusieron a la presión del representante comercial estadounidense para alargar al máximo la extensión del periodo de protección de las patentes de medicamentos. La OMS y otros organismos internacionales cada vez se refieren con más frecuencia al acceso a los medicamentos necesarios como un derecho humano básico. Algunos tribunales nacionales están validando este punto de vista. Este octubre, la Organización Mundial del Comercio (OMC) está discutiendo el destino de la exención de los 48 países menos desarrollados del cumplimiento de las normas impuestas por ADPIC sobre las patentes de los medicamentos. EE.UU. se ha opuesto a una extensión indefinida en contra de prácticamente toda la comunidad internacional, incluida la Unión Europea y las principales agencias de la ONU que apoyan una prórroga indefinida. “Tengo un optimismo enorme y pienso que puede haber grandes cambios, y pronto”, dice Love. “Sólo tenemos que informar correctamente, y necesitamos el liderazgo político para dar el último paso. Los beneficios son tan evidentes…”. (Nota del Editor: la exención indefinida ha sido aprobada)

La próxima lucha
De vuelta en Johannesburg, Mary-Jane Matsolo está terminando la capacitación. Ha hecho una presentación rápida del Acuerdo ADPIC, de los problemas de Sudáfrica, y de los modelos legales en la India. Entonces pregunta:”¿Estaís todavía conmigo?”

Los activistas asienten, pero varios parecen un poco aturdidos. “Esto ha sido una forma de aprender un poco inusual para mí”, admite Greeff después. “Pero es bueno estar en un grupo: hacer activismo solo no es fácil”. El grupo concluye las sesiones elaborando un plan para recoger historias de pacientes que sufren diferentes enfermedades, firmar un editorial sobre la reforma de la ley de patentes, y enviar cartas a los miembros del Parlamento.

“Estos son tiempos apasionantes,” Matsolo dice después. “Durante los años que hemos estado con estos temas de medicamentos, ha sido todo TAC, TAC, TAC. Ahora podemos decir: “Ya no se trata sólo de hablar de TAC.” Y continúa diciendo: “Mira, sabemos que la industria farmacéutica es una máquina enormemente eficiente. Eso significa que tenemos que ser una máquina aún más eficiente. Nuestro trabajo es mostrar a la gente las conexiones. Porque una vez que lo entienden sale todo, la pasión, la unidad, la lucha, la indignación, todo sale fuera. Estamos en el camino correcto, y vamos a ser una fuerza que se tendrá que tener en cuenta”.

creado el 12 de Septiembre de 2017