El reflejo de recetar (The reflex to prescribe)
Joseph Varon
Brownstone Institute, 20 de julio de 2026
https://brownstone.org/articles/the-reflex-to-prescribe/
Traducido por Salud y Fármacos
Tags: prednisona, prescripción de corticosteroides, prescripción de antibióticos, prescripción inapropiada, desprescripción, gestión adecuada de antibióticos, polifarmacia, medicina moderna, cascada de prescripciones, benzodiazepinas, opioides, testosterona, inhibidores de bomba de protones, sobredosis, programas de cribado, sobrediagnóstico, imágenes diagnósticas, prevención cuaternaria
Hace poco me encontré con una publicación de una colega muy respetada en las redes sociales que expresaba su frustración por la frecuente prescripción de prednisona en casos que, en esencia, eran “resfriados comunes”. Lo afirmó sin rodeos: ¡esto es negligencia médica!
Este comentario resalta un problema más amplio que va más allá de la prescripción de corticosteroides. La prednisona es un ejemplo de una tendencia que se ha generalizado en la práctica médica actual y que afecta a casi todas las especialidades, clínicas y hospitalarias. El medicamento en sí mismo es neutro y al igual que la mayoría de los tratamientos, ofrece beneficios significativos cuando se utiliza de forma adecuada, pero puede causar daños si se administra sin el debido cuidado. La principal preocupación no es el fármaco, sino la creciente tendencia del médico a actuar de forma refleja, en lugar de evaluar detenidamente la necesidad de tratamiento.
La medicina ha hecho hincapié en la intervención tradicionalmente. Quienes nos dedicamos a la medicina diagnosticamos, tratamos, aliviamos el dolor y, en ocasiones, curamos enfermedades. Sin embargo, a medida que ha avanzado el conocimiento científico, este campo ha ido gradualmente pasando de la toma de decisiones deliberada, a la acción habitual. Cada vez más, durante las consultas clínicas la pregunta principal no es si el tratamiento es necesario, sino qué tratamiento se debe elegir. La posibilidad de que la recomendación óptima sea la observación o retrasar la intervención se suele pasar por alto y, en muchos casos, genera temor en el profesional de la salud.
Este cambio no quiere decir que los médicos se preocupen menos. Más bien, lo que está sucediendo es que la práctica médica moderna está determinada por los avances científicos, las expectativas de los pacientes, las presiones médico-legales, las exigencias administrativas y la tecnología, que, en conjunto, hacen que intervenir parezca más seguro que actuar de forma más moderada.
Sin embargo, en la medicina, un mayor número de intervenciones no equivale necesariamente a mejores resultados. Cada prescripción conlleva riesgos. Cada prueba diagnóstica puede generar falsos positivos, hallazgos inesperados, ansiedad en el paciente y resultar en procedimientos adicionales. Cada tratamiento altera el organismo, tanto de formas previstas como imprevistas. El principal reto no consiste simplemente en comprender qué es posible, sino en determinar qué es lo adecuado.
Sir William Osler identificó este dilema mucho antes de que se desarrollaran los antibióticos, las unidades de cuidados intensivos o las historias clínicas electrónicas. Su reflexión sigue siendo de gran relevancia: “Uno de los primeros deberes del médico es educar a la población para que no tome medicamentos” [1]. Aunque en un primer momento esta afirmación pueda parecer paradójica, sobre todo viniendo de uno de los fundadores de la medicina clínica moderna, Osler reconoció que la moderación es una característica que define la práctica eficaz. Su recomendación no suponía un rechazo a los tratamientos, sino más bien el reconocimiento de que los médicos prestan un mejor servicio a los pacientes cuando saben discernir cuándo hay que intervenir y cuándo es preferible que la recuperación sea natural.
La virtud olvidada de la moderación clínica
La medicina contemporánea a veces pasa por alto la capacidad intrínseca del cuerpo para curarse a sí mismo. Muchas enfermedades comunes, como las infecciones virales, las lesiones leves o los trastornos gastrointestinales leves, se suelen resolver espontáneamente a través de procesos fisiológicos naturales. En estas situaciones, el papel del médico pasa de la intervención activa a la observación atenta, al seguimiento de una recuperación atípica y a ofrecer tranquilidad en base a la experiencia clínica, en lugar de garantías infundadas.
Lamentablemente, la observación y la espera atenta se suelen percibir como pasividad. Los pacientes pueden interpretar la ausencia de una receta como una falta de preocupación por sus síntomas. Los médicos, sometidos a limitaciones de tiempo y conscientes de lo que satisface a los pacientes, pueden recetar medicamentos principalmente para demostrar que se preocupan por sus necesidades. Aunque esta dinámica es comprensible, conlleva riesgos. La receta se puede convertir en un gesto simbólico de atención, incluso cuando no influye en el curso de la enfermedad.
Hace casi un siglo, Francis Weld Peabody nos dejó un recordatorio imborrable: “El secreto del cuidado del paciente reside en cuidar al paciente” [2]. Aunque se cita con frecuencia, este principio no siempre se tiene suficientemente en cuenta. La atención genuina no se mide por la cantidad de medicamentos o pruebas administradas, sino por la escucha atenta, el examen físico minucioso, la transparencia respecto a las incertidumbres y el apoyo continuo a lo largo de la enfermedad, incluso cuando no hay soluciones inmediatas. Explicar por qué un medicamento es innecesario puede, de hecho, requerir mayor experiencia y habilidades comunicativas que el simple hecho de recetarlo.
Cuando los buenos medicamentos se convierten en malos hábitos
La prednisona ilustra este dilema particularmente bien. Pocos medicamentos han transformado la práctica médica tan profundamente como los corticosteroides. Siguen siendo indispensables en el tratamiento de las enfermedades autoinmunes, las exacerbaciones graves del asma, la insuficiencia suprarrenal, los trasplantes y numerosos trastornos inflamatorios. Durante la pandemia de covid-19 estos fármacos mejoraron la supervivencia de los pacientes hospitalizados que requerían oxígeno suplementario o ventilación mecánica, lo que refuerza la importancia de administrar corticosteroides a pacientes cuidadosamente seleccionados, en la fase adecuada de la enfermedad [3]. Sin embargo, estos éxitos no deben ocultar la evidencia, igualmente convincente, que demuestra los efectos nocivos que se producen cuando se prescriben corticosteroides sistémicos sin una indicación clara.
Incluso los tratamientos breves con corticosteroides se han relacionado con un mayor riesgo de padecer infecciones graves, coágulos sanguíneos, fracturas óseas, hiperglucemia, cambios en el estado de ánimo, problemas para dormir y otros efectos colaterales que a menudo se pasan por alto, debido a que se trata de medicamentos muy conocidos [4]. Aun así, se siguen recetando corticosteroides para infecciones virales simples de las vías respiratorias superiores, a pesar de que no hay evidencia sólida de que acorten la duración de la enfermedad o mejoren los resultados clínicos importantes. La decisión suele reflejar las expectativas del paciente, las presiones de tiempo y el comprensible deseo del médico de ayudar.
Este mismo comportamiento ha influido en la prescripción de antibióticos durante décadas. Los antibióticos son uno de los mayores logros de la historia de la medicina, ya que han convertido a las infecciones, que antes eran mortales, en enfermedades que se pueden tratar de forma habitual. Sin embargo, el gran éxito de los antibióticos ha dado lugar, irónicamente, a su uso excesivo. Se siguen recetando antibióticos para enfermedades de origen viral, a pesar de que hay evidencias sólidas que demuestran que los antibióticos no son eficaces en estos casos y pueden provocar reacciones alérgicas, infección por Clostridium difficile, alterar la flora bacteriana natural del organismo y contribuir al problema más generalizado de la resistencia a los antibióticos [5, 6].
Los programas de gestión adecuada de antibióticos han demostrado que ser más prudentes a la hora de recetarlos no hace la atención médica menos segura; de hecho, con frecuencia permite mejores resultados y ayuda a mantener la eficacia de los antibióticos [7]. El verdadero reto no es la evidencia, sino romper con los viejos hábitos. Los médicos suelen pensar que no recetar antibióticos equivale a no preocuparse por el paciente, incluso cuando está haciendo lo opuesto. De hecho, muchos pacientes se sienten mejor cuando reciben una explicación clara de por qué no necesitan antibióticos, en lugar de una receta que les deja con dudas. Estas conversaciones requieren tiempo, seguridad y confianza, cualidades que son más difíciles de encontrar en el ajetreado mundo médico actual.
El diagnóstico suele ir revelándose con el tiempo. Los síntomas evolucionan, los valores de laboratorio cambian y las pruebas de imagen pueden aclarar o confundir. Los médicos con experiencia reconocen que un seguimiento minucioso suele aportar información de la que no se dispone durante la primera consulta.
La incertidumbre se ha convertido en algo más incómodo, tanto para los médicos como para los pacientes. Las historias clínicas electrónicas fomentan los diagnósticos definitivos. Los parámetros de calidad se inclinan a favor de los tratamientos concluidos. Los formularios de documentación premian las respuestas detalladas, incluso cuando es imposible tener certeza. La medicina defensiva sostiene que todo diagnóstico posible se debe descartar de inmediato, en lugar de considerarse cuidadosamente a lo largo del tiempo.
En estas situaciones, recetar un medicamento puede parecer más fácil que admitir la incertidumbre y planificar un seguimiento minucioso. Un efecto adverso de ese tratamiento da lugar a síntomas adicionales que requieren una nueva intervención. En poco tiempo, tanto el médico como el paciente se convierten en participantes de un proceso en cadena cuyo propósito original se ha olvidado casi por completo. En cada paso por separado, la decisión parece razonable. Sin embargo, la secuencia vista en su conjunto, suele ilustrar cómo las intervenciones graduales se pueden acumular hasta provocar un daño considerable.
Es sorprendente lo mucho que ha cambiado la medicina. Ahora disponemos de más conocimientos, tecnología y opciones de tratamiento que nunca. Pero puede que hoy en día el mayor reto no sea encontrar nuevos tratamientos, sino que más bien se trata de tener la disciplina necesaria para saber cuándo no se requiere un tratamiento. La ciencia nos ha proporcionado muchas herramientas, pero sigue siendo la sabiduría la que nos indica cuándo utilizarlas.
Los efectos de esta cultura no se hacen más evidentes en una sola receta, sino en la suma de muchas. Tomar muchos medicamentos rara vez comienza como una estrategia planificada. Más bien, va creciendo poco a poco, con una decisión razonable tras otra. La polifarmacia rara vez se inicia de forma intencionada. A una única receta adecuada le sigue otra para tratar un efecto secundario, y luego otra más para abordar las consecuencias de la anterior. Con el tiempo, la lista de medicamentos deja de ser un reflejo del criterio clínico actual para convertirse en un registro de decisiones acumuladas.
Este problema, descrito claramente por Rochon y Gurwitz como la “cascada de prescripciones”, es una de las causas más ignoradas de los daños derivados de los tratamientos médicos en la medicina moderna [8]. Los efectos secundarios de los medicamentos se malinterpretan como nuevas enfermedades en vez de considerarse como una consecuencia de los tratamientos actuales. En lugar de identificar y suspender el medicamento nocivo, los médicos suelen añadir más fármacos para tratar los nuevos síntomas. Esto da lugar a una red de tratamientos, lo que dificulta distinguir la enfermedad del daño que causó el tratamiento. Las personas mayores corren un riesgo especial, ya que los cambios en el organismo relacionados con la edad afectan el modo en que actúan los medicamentos, y el hecho de padecer numerosas enfermedades crónicas conlleva la intervención de muchos especialistas, cada uno de los cuales se centra en una parte del cuerpo, pero no siempre en el efecto global de todos los tratamientos [9].
Basta con echar un vistazo a las listas de medicamentos que se ven en hospitales y clínicas para darse cuenta de la magnitud de este problema. Hoy en día es habitual encontrar pacientes que toman 15 o 20 medicamentos al día. Algunos son claramente necesarios. Otros se empezaron a tomar durante una enfermedad repentina y nunca se suspendieron. Algunos tratan los efectos secundarios provocados por tratamientos previos. Otros se mantienen porque ni el médico ni el paciente se atreven a preguntar si siguen siendo necesarios. La lista de medicamentos cobra vida propia, dejando de ser un reflejo del criterio médico actual para convertirse más bien en un registro de consultas pasadas.
Los inhibidores de la bomba de protones ilustran este proceso con gran claridad. En determinados pacientes de alto riesgo, estos medicamentos han cambiado la forma de tratar las úlceras pépticas, el reflujo ácido y el sangrado gástrico. Su eficacia es clara. Sin embargo, muchos pacientes que comienzan a tomar estos medicamentos en el hospital o durante un breve período de tiempo, siguen tomándolos durante años, sin que nadie revise su tratamiento. Hay estudios que han relacionado su uso a largo plazo con posibles problemas, incluyendo infecciones intestinales, carencias vitamínicas, enfermedad renal crónica y fracturas óseas, aunque todavía se debate la magnitud de estas relaciones [10]. Independientemente del debate, una regla está clara: todo medicamento de uso prolongado se debe revisar periódicamente. La pregunta no es si los inhibidores de la bomba de protones ayudan —sin duda lo hacen en los pacientes indicados—, sino si la razón original para tomarlos todavía aplica.
Patrones similares aparecen con las benzodiazepinas. Estos fármacos se recetan inicialmente para tratar la ansiedad repentina, los problemas de sueño, o para la sedación durante las intervenciones médicas, pero a menudo se convierten en tratamientos a largo plazo, a pesar de la creciente evidencia de que su uso prolongado se relaciona con caídas, problemas de memoria, dependencia y síntomas de abstinencia, especialmente en las personas mayores [11]. Su uso continuado no suele deberse a que sigan siendo necesarios, sino a que resulta difícil dejar de tomar medicamentos que tanto los médicos como los pacientes consideran esenciales. Lo que en un principio se concibió como un alivio a corto plazo se convierte poco a poco en un tratamiento permanente.
La crisis de los opioides es quizás el ejemplo más claro de cómo la esperanza en un tratamiento puede superar la precaución científica. A finales del siglo XX se animaba a los médicos a considerar el dolor como el “quinto signo vital”, mientras que a menudo se restaba importancia a las preocupaciones sobre la posible adicción de los pacientes tratados por dolor crónico. La promoción de los medicamentos, el entusiasmo profesional, las normas y la atención médica real se combinaron para crear una situación en la que la prescripción de opioides aumentó drásticamente, resultando en una crisis de salud pública bien conocida [12]. Cientos de miles de muertes por sobredosis, adicción generalizada, familias destrozadas y sistemas de salud sobrecargados, nos recuerdan que incluso los tratamientos administrados con buenas intenciones tienen que ser revisados constante y minuciosamente. La tragedia no fue solo que se recetara en exceso, sino el fracaso colectivo a la hora de cuestionar ideas que, en aquel momento, parecían tanto benévolas como científicamente sólidas.
Más recientemente, el entusiasmo por la terapia de sustitución de testosterona ha suscitado preguntas similares, relacionadas con hasta dónde se debe llegar con el tratamiento médico. En el tratamiento adecuado del hipogonadismo auténtico ofrece beneficios reales, como una mayor resistencia ósea, masa muscular, función sexual y calidad de vida. Sin embargo, la publicidad dirigida a los consumidores y la interpretación generalizada de síntomas vagos como el cansancio, la falta de energía o la disminución de la motivación han provocado un gran aumento de las recetas de testosterona más allá de razones médicas claras [13]. El propio envejecimiento se considera cada vez más un problema médico y los cambios corporales normales se tratan como trastornos que requieren medicamentos. Estas tendencias obligan a los médicos a diferenciar entre una enfermedad real y los cambios naturales en el ser humano.
La evidencia no es un juicio
Esa misma necesidad de intervenir va mucho más allá de los medicamentos. Las pruebas de diagnóstico por imagen han transformado la medicina de formas que las generaciones anteriores apenas podían imaginar. Las tomografías computarizadas, las resonancias magnéticas y los ultrasonidos nos permiten ver los problemas con gran detalle. Se han salvado muchas vidas gracias a estas herramientas. Pero su gran poder también plantea nuevos problemas. Las técnicas de imagen, al ser muy sensibles, detectan muchos problemas inesperados, muchos de los cuales pueden carecer de importancia. Las pequeñas manchas en el pulmón, los tumores suprarrenales, los cambios en la tiroides, los quistes renales y el desgaste de la columna vertebral suelen dar lugar a largas series de escáneres de seguimiento, pruebas invasivas, visitas a especialistas y preocupación de los pacientes, a pesar de que, por lo general, estos tienen un impacto real escaso o nulo en la salud [14, 15]. Actualmente, el problema del sobrediagnóstico se reconoce en muchos ámbitos. Detectar anomalías que nunca habrían ni causado síntomas ni reducido la esperanza de vida puede exponer a los pacientes a tratamientos innecesarios que no aportan beneficios [16]. Los programas de cribado, aunque resultan muy útiles cuando se orientan correctamente, ponen de manifiesto este delicado equilibrio. Detectar los problemas de forma temprana solo ayuda cuando produce mejores resultados, no simplemente cuando consigue que alguien tenga que vivir con un diagnóstico durante más tiempo. Realizar más pruebas no siempre significa que la atención médica sea mejor.
La creciente concienciación sobre estos efectos no deseados ha reavivado el interés por la desprescripción como práctica formal. La desprescripción es algo más que simplemente suspender los medicamentos. Se trata de un proceso minucioso y basado en la evidencia que evalúa si cada tratamiento sigue siendo necesario, eficaz y seguro, teniendo en cuenta los objetivos del paciente, su esperanza de vida, otras enfermedades y sus preferencias [17, 18]. Cabe destacar que la desprescripción nunca se debe equiparar a una renuncia al tratamiento. Por el contrario, forma parte de una atención reflexiva a lo largo de todo el proceso de tratamiento. Tanto iniciar un medicamento como suspenderlo requiere la misma reflexión cuidadosa y la misma responsabilidad profesional.
El marco filosófico más amplio en el que se sustenta esta estrategia se plasma en el concepto de prevención cuaternaria. Tradicionalmente, la medicina preventiva se ha centrado en prevenir las enfermedades antes de que se produzcan, detectarlas en fases tempranas y limitar las complicaciones tras el diagnóstico. La prevención cuaternaria introduce una cuarta dimensión: proteger a los pacientes de intervenciones médicas innecesarias que puedan causar más daño que beneficio [19]. En una era caracterizada por una capacidad tecnológica extraordinaria, este principio cobra una importancia cada vez mayor. La capacidad de intervenir nunca se debe confundir con la obligación de hacerlo.
Estas consideraciones conducen inevitablemente a un debate más amplio sobre la medicina basada en la evidencia, un concepto que a veces se malinterpreta, tanto por sus defensores como por sus críticos. La medicina basada en la evidencia nunca ha sido sinónimo de una adhesión rígida a los protocolos ni de una toma de decisiones basada en algoritmos. Sackett y sus colegas la definieron como la integración concienzuda de la mejor evidencia científica disponible con la experiencia clínica individual y los valores del paciente [20]. La elegancia de esa definición radica en su equilibrio. La evidencia científica sirve de base para la práctica, pero no sustituye la capacidad de razonamiento. La experticia clínica interpreta la evidencia dentro del contexto de un paciente en particular más que en una población abstracta. Los valores del paciente garantizan que las decisiones médicas sigan estando alineadas con los objetivos personales y no con los promedios de las estadísticas.
Desafortunadamente, los sistemas de salud actuales en ocasiones reducen la medicina basada en la evidencia a poco más que la adherencia a las guías. Los flujogramas clínicos, los parámetros de calidad, los indicadores sobre el desempeño y los protocolos estandarizados mejoran sin duda la coherencia y reducen la variación injustificada en muchos entornos; estos han contribuido de manera significativa a mejorar el tratamiento de la sepsis, el infarto agudo de miocardio, el accidente cerebrovascular y muchas otras condiciones. Sin embargo, ninguna guía puede integrar totalmente la complejidad de las enfermedades humanas. Cada recomendación surge de estudios realizados en poblaciones cuidadosamente seleccionadas y en circunstancias definidas. El paciente que se sienta frente al médico rara vez se parece al participante promedio en un ensayo clínico.
La medicina entonces sigue siendo tanto una ciencia interpretativa como empírica. Las guías orientan el camino, pero no pueden recorrerlo. El médico debe integrar continuamente la evidencia en constante evolución con la experiencia, el contexto clínico, la plausibilidad biológica y las circunstancias únicas de cada paciente. El peligro surge cuando los protocolos se convierten en sustitutos del pensamiento, en lugar de herramientas que faciliten la toma reflexiva de decisiones. En este punto, la medicina practicada de manera refleja adquiere una apariencia de rigor científico mientras va perdiendo gradualmente la sabiduría que confiere a la evidencia su mayor valor.
Cuando los sistemas fomentan la intervención
El entorno en el que ejercen hoy en día los médicos potencia aún más el reflejo de intervenir. Las historias clínicas electrónicas, aunque indispensables para la comunicación, la continuidad de la asistencia y la seguridad del paciente, han alterado sutilmente el panorama cognitivo de la medicina. La consulta clínica moderna está marcada con alertas, recordatorios, parámetros de calidad, campos obligatorios y algoritmos de apoyo a la toma de decisiones. Muchas de estas funciones responden a fines legítimos. Reducen los errores en la medicación, fomentan el cumplimiento de las normas establecidas y facilitan las iniciativas de salud pública. Sin embargo, también entrañan el riesgo de convertir el razonamiento clínico, con todos sus matices, en un mero ejercicio de adhesión a las indicaciones generadas por un software. Cuando la historia clínica electrónica se convierte en la protagonista de la consulta, la atención del médico se puede desplazar gradualmente de la comprensión del paciente a la mera finalización de la consulta.
Esta evolución coincide con otra característica definitoria de la asistencia médica contemporánea: el énfasis incesante en la productividad. Cada vez es más frecuente que se evalúe a los médicos mediante indicadores que miden el volumen de pacientes atendidos, la productividad, la documentación, la precisión en la codificación y el cumplimiento de parámetros de calidad predefinidos. Estos indicadores no son, en sí mismos, erróneos. Los sistemas de salud exigen rendición de cuentas, y la mejora de la calidad ha generado avances cuantificables en muchas áreas de la medicina. Sin embargo, no todo lo que importa se puede medir fácilmente. La conversación detallada que evita la prescripción innecesaria de antibióticos, la explicación cuidadosa que tranquiliza a una familia preocupada o la decisión de observar, en lugar de investigar, rara vez aparecen en un indicador de desempeño. Esos momentos requieren tiempo y generan pocas evidencias visibles de que se haya prestado una atención de gran calidad.
La medicina defensiva añade otra capa de complejidad. Pocos médicos son totalmente inmunes al temor de pasar por alto un diagnóstico grave. La posibilidad de un litigio ejerce una poderosa influencia en el comportamiento clínico, lo que a menudo lleva a realizar pruebas o tratamientos adicionales, a pesar de la baja probabilidad de que aporten un beneficio. Aunque la verdadera influencia de la preocupación por la negligencia médica en el uso de los servicios de salud sigue siendo objeto de debate, la percepción de vulnerabilidad médico-legal sin duda condiciona la toma de decisiones. Solicitar una prueba más o recetar un medicamento adicional suele parecer más seguro que explicar por qué ninguna de las dos cosas es necesaria. Desafortunadamente, lo que protege al médico a nivel emocional no siempre protege al paciente a nivel clínico.
La aparición de la inteligencia artificial promete transformar aún más estas dinámicas. Los sistemas de aprendizaje automático ya están demostrando capacidades impresionantes en la interpretación de imágenes, la predicción de riesgos, la ayuda con la documentación y el apoyo a la toma de decisiones clínicas. Si se implementan adecuadamente, estas tecnologías pueden reducir los errores de diagnóstico, identificar patrones clínicos sutiles y liberar a los médicos de las cargas administrativas que actualmente les restan tiempo para la atención al paciente. Su potencial es considerable.
Sin embargo, la inteligencia artificial también plantea un importante reto filosófico. Los algoritmos aprenden de la práctica clínica existente, y dicha práctica incluye tanto una atención ejemplar como excesos habituales. Si los datos de entrenamiento reflejan un uso excesivo de exámenes médicos, la prescripción innecesaria de medicamentos o el uso excesivo de pruebas diagnósticas por imagen, la inteligencia artificial podría reforzar inadvertidamente esos comportamientos al presentarlos como recomendaciones respaldadas estadísticamente. Las herramientas de apoyo a la toma de decisiones clínicas deben estimular el razonamiento, no sustituirlo. La medicina nunca ha sido un simple ejercicio de reconocimiento de patrones. Requiere interpretación, juicio ético, comprensión del contexto y una valoración del paciente individual que vaya más allá de las variables medibles. Un algoritmo puede estimar el riesgo con extraordinaria precisión, pero no puede comprender plenamente el miedo, la resiliencia, las circunstancias familiares o los valores personales que, en última instancia, determinan si una intervención concreta es adecuada.
Redescubrir la valentía de hacer menos
La historia nos recuerda una y otra vez que la medicina avanza gracias a que se van cuestionando sus propios supuestos. Prácticas que en su día se consideraron indudablemente beneficiosas, posteriormente se han abandonado, tras surgir evidencia más rigurosa que reveló efectos nocivos imprevistos. La sangría, el reposo prolongado tras un infarto de miocardio, la terapia hormonal sustitutiva rutinaria para la prevención de enfermedades crónicas y el tratamiento antiarrítmico profiláctico tras un infarto de miocardio gozaron, cada uno de ellos, de períodos de amplia aceptación antes de que investigaciones minuciosas provocaran su reevaluación. El progreso científico no solo depende del descubrimiento de nuevos tratamientos, sino también del abandono de aquellos que no resisten un escrutinio continuo. La humildad intelectual no es, por lo tanto, un obstáculo para el progreso médico; es uno de sus pilares fundamentales.
Una de las iniciativas más alentadoras de los últimos años ha sido la iniciativa internacional “Choosing Wisely” (“Eligiendo con sensatez”), que fomenta conversaciones significativas entre médicos y pacientes sobre pruebas y tratamientos que pueden aportar poco o ningún valor. A menudo se malinterpreta esta campaña como un esfuerzo por reducir los gastos en asistencia médica. Sin embargo, su verdadero propósito es mucho más importante: pretende restablecer un diálogo clínico reflexivo planteando preguntas aparentemente sencillas: ¿Esta intervención es realmente necesaria? ¿Qué evidencia la respalda? ¿Cuáles son sus posibles riesgos? ¿Se ajusta a los objetivos y preferencias del paciente? Estas preguntas vuelven a situar a la capacidad de juicio como el instrumento central de la práctica médica.
La formación médica debe seguir fomentando esta mentalidad. A los jóvenes médicos se les enseña a reconocer rápidamente las enfermedades, a iniciar el tratamiento adecuado y a actuar con decisión en situaciones de emergencia. Estas habilidades son indispensables. Sin embargo, es igualmente importante aprender cuándo la moderación representa el más alto nivel de atención médica. El sentirse seguro cuando se decide observar a un paciente con una enfermedad autolimitada, suspender un medicamento que ya no aporta beneficios o rechazar una prueba diagnóstica innecesaria refleja madurez más que vacilación. Estas decisiones suelen requerir mayor experiencia clínica que iniciar un tratamiento, ya que exigen una comprensión exhaustiva de la evolución natural de la enfermedad, los riesgos terapéuticos y la psicología de ambos, el médico y el paciente.
En última instancia, la práctica de la medicina siempre ha consistido en encontrar el equilibrio entre la acción y la moderación. Los descubrimientos científicos amplían continuamente nuestras posibilidades de ofrecer tratamientos, pero es la sabiduría la que determina cómo se deben aplicar esas posibilidades. Las extraordinarias tecnologías de las que disponen ahora los médicos no deben inspirar ni un exceso terapéutico ni un nihilismo terapéutico. Por el contrario, deben reforzar la importancia perdurable de la capacidad de juicio. Cada prescripción debería responder no solo a la pregunta “¿Este medicamento puede ayudar?”, sino también a “¿Este paciente lo necesita realmente?”. Cada prueba diagnóstica debería estar justificada no solo porque pueda revelar información adicional, sino porque es probable que esa información mejore los resultados clínicos significativos.
La publicación en las redes sociales que suscitó estas reflexiones se centraba en la prednisona, pero la prednisona nunca fue el verdadero tema. Simplemente puso de manifiesto una tendencia más amplia que permea en la medicina contemporánea: la inclinación a equiparar la intervención con la excelencia y la actividad con la compasión. Nuestros pacientes se merecen algo mejor. Se merecen médicos que reconozcan que la medicina no se define por el número de recetas que se escriben, las pruebas que se ordenan o los procedimientos que se realizan, sino por la calidad del criterio que guía cada decisión.
El futuro de la medicina incluirá, sin duda, terapias más sofisticadas, herramientas de diagnóstico cada vez más potentes e inteligencia artificial capaz de procesar información a una velocidad sin precedentes. Ninguno de estos avances reducirá la necesidad de contar con médicos reflexivos. Al contrario, harán que la sabiduría clínica sea aún más valiosa. El arte de la medicina nunca ha residido en nuestra capacidad para intervenir. Reside en nuestra capacidad para discernir cuándo la intervención beneficia al paciente y cuándo la moderación le beneficia todavía más.
Quizás el mayor indicador de madurez clínica no sea la confianza para recetar sino la confianza para abstenerse. La máxima expresión del criterio médico no es saber qué medicamento elegir, sino reconocer, con conocimiento, humildad y compasión, cuándo no se requiere ningún medicamento.
Referencias
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