Cochrane se jacta en su página web de lo buenos que son [1]: “Porqué se confía en nuestra evidencia. Ofrecemos información imparcial y de gran calidad sobre la salud. La Organización Mundial de la Salud, los gobiernos, los organismos de salud pública, los profesionales de la salud y los particulares recurren a Cochrane en busca de información confiable sobre la salud”.
La dirección de Cochrane parece tener muy poca memoria. Mi autobiografía, disponible gratuitamente, está repleta de ejemplos de revisiones Cochrane poco fiables y de sus malas prácticas editoriales para proteger intereses económicos y corporativos [2].
En 2019, la periodista Melanie Newman publicó una crítica devastadora en el BMJ: “¿Ha perdido Cochrane el rumbo?” [3]. Tom Walley, exdirector del el Instituto Nacional de Investigación en Salud (NIHR o National Institute for Health Research) del Reino Unido, afirmó que Cochrane tenía que cambiar: “Se ha convertido en una máquina que produce revisiones de forma masiva. Cochrane se debería centrar menos en la cantidad y más en revisiones de gran calidad metodológica, sobre temas de importancia para los pacientes. Debe ser más revolucionaria, más desafiante y abogar más por la medicina basada en la evidencia”.
Como miembro electo de la Junta Directiva de Cochrane, intenté que Cochrane volviera a ser lo que había sido, pero su director ejecutivo, Mark Wilson, conspiró para que me destituyeran, y en 2018 fui expulsado tras un juicio ficticio, que fue ampliamente censurado en las principales revistas médicas [2, 4]. Newman mencionó mi nombre 21 veces en su artículo, por ejemplo: “muchos veían a Gøtzsche como un defensor de la verdad y la calidad de la investigación, y aunque algunos pensaban que a veces iba demasiado lejos, muchos otros admiraban su postura intransigente”.
En 2021, el director del Programa de Síntesis de Evidencia (Evidence Synthesis Programme) del NIHR criticó duramente a Cochrane por razones muy similares a las que yo había expuesto y en relación a la falta de integridad científica dijo: “Este es un punto que las personas de la Colaboración han planteado para evitar que las revisiones incluyan información basura; de lo contrario, sus revisiones serán basura” [2, 4]. Pero Cochrane no logró mejorar y, dos años más tarde, el NIHR, que era su principal fuente de financiación, suspendió los fondos.
Resulta engañoso que Cochrane afirme que la OMS confía en sus revisiones. Cuando yo era director de Cochrane envié algunas observaciones críticas sobre el plan quinquenal de Wilson de 2015 a otros dos directores. Señalé que Paul Garner, editor que coordinaba el Grupo Temático de Enfermedades Infecciosas, había dicho que antes la OMS solía preguntar: “¿Hay alguna revisión Cochrane?”, cuando tenían dudas sobre una intervención, pero que ahora añadían: “¿Y es buena?”.
Cuando Iain Chalmers fundó la Colaboración Cochrane en 1993, llevaba una camiseta con el lema “Desafía a la autoridad”. Según él, la Colaboración se debía “comprometer a oponerse a cualquier tendencia que la llevara a ser dominada por una nación, una institución o un individuo”. Pero Cochrane se convirtió en un solo hombre: Wilson. Poco después de su llegada en 2012, se difundió un video en el que se comparaba a los dirigentes de Cochrane con “Hitler y su alto mando”, escribió Newman [3].
Wilson, periodista de profesión, estaba obsesionado con la identidad de la marca y la publicidad; para él, la ética y la rigurosidad científica no eran importantes [2, 4]. Este oscuro período para Cochrane no ha terminado y, a juzgar por sus acciones y decisiones previas, es muy poco probable que la nueva directora ejecutiva pueda salvar al barco que se está hundiendo [5].
Cochrane acepta financiación de la industria
Bajo el título “Porqué las personas y las instituciones confían en la evidencia de Cochrane”, Cochrane afirma: “No aceptamos financiación comercial, ni que pueda dar lugar a conflictos de intereses, y contamos con políticas estrictas en materia de patrocinio y avales. Esto significa que nuestros investigadores tienen libertad para producir información fiable, sin verse afectados por intereses comerciales ni financieros” [1].
Más abajo, en el punto 2, Cochrane explica: “Nunca hemos aceptado financiación comercial, patrocinios ni colaboraciones, y no lo haremos en el futuro. Esto es inusual en el mundo de las publicaciones científicas y sobre la salud, donde es frecuente que las grandes empresas farmacéuticas proporcionen financiación. Esto significa que estamos libres de la influencia de los intereses corporativos”. “Esta libertad es fundamental para ofrecer información fiable y veraz, libres de la influencia de los intereses comerciales y financieros”.
Es una gran mentira afirmar que Cochrane “nunca aceptó financiación comercial”. En junio del año pasado, entrevisté a Robert Whitaker, fundador del sitio web Mad in America, que cuenta con millones de visitantes al año, y cuando le dije que, en el pasado, algunos centros Cochrane recibieron financiación de la industria farmacéutica [6], se quedó profundamente sorprendido y me miró con recelo.
Y no eran solo los centros Cochrane. Algunos grupos de revisión Cochrane también recibían financiación de la industria. Durante 17 años luché con determinación para que Cochrane dejara de recibir fondos de la industria, por lo que me gané muchos enemigos [6]. Mi aliado más cercano fue Drummond Rennie, editor adjunto de la revista JAMA y codirector de la filial de San Francisco del Centro Cochrane de EE UU. En 2002, organicé un taller para editores de Cochrane en Copenhague, donde Drummond fue uno de los ponentes. Él criticó duramente que dos revisiones Cochrane sobre medicamentos para la migraña hubieran sido financiadas por Pfizer, el fabricante de eletriptán, y yo pedí al Grupo Directivo de Cochrane que se aseguraran de que se prohibiera la financiación de las revisiones Cochrane por parte de la industria. Sin embargo, tal y como había predicho Drummond, los líderes de Cochrane protestaron, y justificaron su inacción con argumentos poco convincentes [6].
Posteriormente, mis esfuerzos tropezaron con la enorme resistencia de la dirección de Cochrane, y mi éxito solo fue parcial [6]. Cuando fui elegido miembro de la Junta Directiva de Cochrane en 2017, sugerí cambiar nuestra política de patrocinio comercial para que nadie con conflictos de interés de tipo financiero relacionados con una empresa farmacéutica pudiera ser autor de una revisión Cochrane sobre un producto de dicha empresa [2, 5]. Acordamos que yo reescribiría nuestra política, que era sumamente ambigua e incoherente, lo cual hice en una tarde.
Sin embargo, mi iniciativa fue saboteada. Transcurrieron más de dos años hasta que Cochrane anunció su “nueva y más rigurosa política sobre ‘conflictos de intereses” [7], lo cual ocurrió 16 años después de que yo señalara en una reunión plenaria de Cochrane que se necesitaba una mejor política de patrocinio comercial [4]. La nueva y revolucionaria política de Cochrane establecía que “la proporción de autores sin conflictos de intereses en un equipo aumentaría de una mayoría simple a una proporción del 66% o más” [7].
Bajo el título “El cambio de política de Cochrane llama la atención”, el boletín HealthWatch me citó diciendo [8]: “Semmelweis nunca dijo a los médicos que se lavaran solo una mano. Lávense las dos… La política de patrocinio comercial ‘mejorada’ de Cochrane es como gozar de todos los beneficios sin tener que renunciar a nada”. Es como pasar de decirle a tu pareja que le eres infiel la mitad de los días del mes a “mejorar” y decirle que a partir de ahora solo le serás infiel un tercio de los días.
Durante el juicio ficticio que Wilson había organizado en mi contra, David Hammerstein, uno de los cuatro miembros de la junta que dimitieron en protesta por mi expulsión, dijo: “Todos y cada uno de los conflictos entre la junta ejecutiva central y Peter se deben a cuestiones en las que la junta ejecutiva central se pone del lado de la industria farmacéutica. Y puedo demostrarlo… y podremos abrirnos a una marca unificada y a una mayor financiación” [4].
David advirtió que Cochrane estaba sentando un peligroso precedente mediante el cual los representantes de la industria solo tenían que “enviar una queja a Cochrane para que esta cediera ante la presión”.
La jefa de redacción de BMJ le dio la razón. Una semana después de mi expulsión, escribió que Cochrane se debía comprometer a exigir responsabilidades a la industria y al mundo académico, y que mi expulsión de Cochrane reflejaba “una arraigada diferencia de opinión sobre el nivel de cercanía con la industria que se considera excesivo” [9].
Las acciones, las actitudes y los autoelogios inmerecidos de Cochrane me recuerdan a las empresas farmacéuticas. Declaran ser éticas, pero no les importa que sus medicamentos maten a miles de personas que ni siquiera los necesitan [10-12]. Una reseña de un libro reciente describe que una sola empresa, Johnson & Johnson, ha pagado aproximadamente US$8.500 millones en multas relacionadas con la publicidad, vinculadas a múltiples casos de promoción ilegal, fraude y publicidad engañosa [13].
En 2013 demostré que el modelo de negocio de las grandes empresas farmacéuticas es un crimen organizado [10]. La resolución de las acusaciones del Departamento de Justicia de EE UU por promover medicamentos para indicaciones no aprobadas, sobornos, y violaciones de la Ley Federal de Facturas Falsas, es una línea de gasto en el presupuesto para la publicidad, y Johnson & Johnson gastó US$25.000 millones en litigios, en tan solo 11 años [13].
Cochrane no es una fuente fiable de evidencia
En un entorno delictivo, es muy importante tener las manos limpias y ser digno de confianza. Cochrane incluye el lema “Evidencia fiable” como texto obligatorio, por ejemplo, en el papel con membrete que utilicé para mi Centro Cochrane Nórdico:

Pero Cochrane no es una fuente de información confiable. He publicado libros y numerosos artículos que documentan que muchas revisiones Cochrane son deficientes [2,4, 5, 10, 11]. Por ejemplo, prácticamente todas las revisiones Cochrane de ensayos controlados con placebo con fármacos psiquiátricos son poco fiables, porque los pacientes ya estaban en tratamiento antes de que los asignaran al azar a un grupo. Por lo tanto, quienes acaban en el grupo placebo sufren daños debido a la aparición de síntomas de abstinencia, que a menudo se asemejan a los síntomas de la enfermedad [11].
Una organización que acepta a autores que reciben remuneración de la industria; que considera que los intereses corporativos y financieros son más importantes que la verdad científica; y que permite la publicación de revisiones Cochrane y de comunicados de prensa políticamente convenientes pero profundamente engañosos [14], mientras utiliza malas prácticas editoriales, al impedir la publicación de revisiones imparciales y de gran calidad [2, 4, 5, 15, 16], o al desacreditarlas públicamente sin siquiera consultar a los autores, como hizo el actual director ejecutivo en relación con la revisión Cochrane sobre mascarillas [5], está condenada al fracaso [5].
Las empresas suelen afirmar que trabajan para sus clientes, aunque la verdad es que trabajan para sí mismas y necesitan a los clientes para obtener ingresos.
Como señaló Tom Walley [3], Cochrane se centra en la cantidad más que en la calidad, y no en lo que es importante para los pacientes. Cochrane tiene una visión centrada en sí misma y se enfoca en sus propias necesidades, y el juicio ficticio a puerta cerrada reveló lo arraigado que está este espíritu elitista en Cochrane [4]. Cuando era miembro de la Junta Directiva, observé que la mayoría de los demás miembros percibían el espíritu elitista de Cochrane como algo positivo. Yo lo veía más bien como una mafia, y así lo señalé en mi primer libro sobre Cochrane [17]:
“Sentir que se pertenece a un club social o a una gran familia tiene sus ventajas, pero puede resultar ruinoso para una organización científica. No debes dar vergüenza a tu familia, pero tampoco debes dejar de hacer lo correcto. En la ciencia, no puede haber consensos cuando esta lealtad entra en conflicto, aunque los miembros del club puedan sentir que no los respetas a ellos ni a su autoridad”.
Referencias