Un pequeño equipo de voluntarios rastrea miles de estudios falsificados, entre los que se incluyen casos de soborno, fraude y plagio.
¿Qué pensaría al enterarse de que un investigador que obtuvo el Premio Nobel, de una de las mejores universidades de EE UU tuvo que retractar 15 de sus artículos científicos? ¿O de que un estudio sobre la enfermedad de Alzheimer, que se ha citado más de 2.000 veces y presenta una importante línea de investigación en la que se han basado estudios posteriores, incluyendo ensayos clínicos, fue retractado porque uno de los autores manipuló imágenes importantes?
Quizás la semana pasada se enteró por las noticias de que un estudio, ampliamente difundido, sobre la contaminación del cuerpo humano por microplásticos, se ha puesto en tela de juicio. O de que el prestigioso Instituto de Cáncer Dana-Farber (Dana-Farber Cancer Institute) haya resuelto una demanda en la que se alegaba que sus investigadores habían falsificado datos por valor de US$15 millones (£11,2 millones).
Estamos rodeados de información sobre hallazgos científicos que se desmoronan, no porque las nuevas investigaciones refuten ideas antiguas, sino porque cuando se intenta comprobar la precisión o la veracidad de los hallazgos científicos se detectan señales de alarma. Tradicionalmente, la ciencia confiaba en la revisión por pares previa a su publicación, que quedaba a cargo de dos o tres expertos por cada manuscrito enviado a las revistas. En teoría, estos revisores debían identificar problemas en una fase temprana, como datos que no cuadraran o conclusiones incorrectas.
Pero, contrariamente a lo que muchos quisieran creer, la revisión por pares nunca ha sido un filtro muy eficaz. Se basa en el trabajo voluntario de personas inmersas en un sistema de recompensas académicas que las incentiva a escribir artículos, no a revisarlos. Los editores de revistas buscan revisores competentes, pero en ocasiones algunos de ellos no cuentan con la experiencia adecuada, o con el tiempo suficiente para profundizar en los detalles, ni en el material original. Por otro lado, la IA ha facilitado la creación y el envío de trabajos de baja calidad, que se caracterizan por ser una mezcla entre artículos inventados e inútiles, y algunos investigadores que buscan trabajo, ascensos y aumentos salariales la utilizan como un atajo.
Esto puede tener consecuencias para la práctica clínica. En el caso del artículo de investigación sobre el Alzheimer, publicado en 2006 en la revista científica Nature y posteriormente retractado, la financiación de trabajos relacionados con la proteína involucrada aumentó considerablemente, así como la investigación por parte de otros científicos que citaron el artículo para respaldar sus propios experimentos, sin saber que contenía datos manipulados. El artículo se incluyó en los fundamentos para justificar los ensayos clínicos de un nuevo fármaco que eventualmente fracasó (y costó miles de millones de dólares).
Entonces, ¿qué tan grave es el problema en la actualidad? La situación es mucho peor que cuando se fundó Retraction Watch en 2010. Quienes dedicamos nuestro tiempo a esta página web damos seguimiento a los artículos retractados, para contribuir a mejorar la transparencia en el proceso científico. La idea surgió a raíz de lo que su cofundador y periodista científico, Adam Marcus, había descubierto dos años antes: un anestesista e investigador especializado en el tratamiento del dolor en EE UU había falsificado datos durante los ensayos clínicos. Este investigador, llamado Scott Reuben, acabó en prisión por cargos relacionados con mala praxis científica.
Cuando una editorial retracta un artículo, significa que el contenido no es fiable. Pero, allá por el 2010, la mayoría de las retractaciones pasaban desapercibidas, tal y como ocurre cuando un árbol cae en el bosque. Así que empezamos a prestar atención y a difundir lo que veíamos. Y muy pronto nos dimos cuenta de que no podíamos mantener el ritmo; se efectuaban docenas de retractaciones al mes. Ahora esa cifra ha aumentado a casi 500 al mes, y tenemos unas 63.000 retractaciones registradas en nuestra base de datos. El proyecto de la base de datos cuenta con tres personas trabajando a tiempo completo para catalogar públicamente lo que está sucediendo.
El caso Dana-Farber, que sacó a la luz el denunciante Sholto David, ejemplifica un cambio fundamental que explica el enorme aumento en las retractaciones. Investigadores como David, generalmente voluntarios, se comportan como auténticos héroes de la ciencia moderna, dedicando días y noches a detectar plagios, así como datos y estadísticas sospechosos, entre otras cosas. Al analizar los estudios de los investigadores de Dana-Farber, David descubrió que las imágenes de ratones, que supuestamente se habían tomado en diferentes fases de un experimento, parecían idénticas, e identificó muestras de médula ósea extraídas de seres humanos, que se habían presentado de forma engañosa. Este tipo de trabajo minucioso solo ha sido posible gracias al desarrollo de herramientas forenses, algunas de ellas potenciadas con la inteligencia artificial.
Las personas que trabajan en este tema se reúnen en línea para compartir sus métodos y conocimientos. Este trabajo colaborativo está dando sus frutos de forma sistemática. Durante años, la mayoría de las casas editoriales (y los científicos) negaron públicamente que hubiera algo preocupante en el proceso de revisión por pares, pero la labor de los investigadores y el escrutinio de los medios de comunicación los han obligado a reflexionar. Ahora, todas las grandes casas editoriales cuentan con equipos de integridad en la investigación, para que revisen las denuncias y, si es necesario, retracten los artículos.
Pero esta es una tarea titánica. Tal y como ha documentado Retraction Watch, las “fábricas de artículos científicos” (“paper mills“), organizaciones de dudosa reputación que venden manuscritos académicos y su autoría a los investigadores que desean abrirse camino, están proliferando rápidamente, saturando un sistema que nunca ha contado con suficientes revisores para garantizar que todo lo que se publica sea fiable. Recientemente, la casa editorial Hindawi, que fue adquirida por Wiley en 2021, tuvo que retractar 13.000 artículos que procedían de fábricas de artículos científicos.
Hemos documentado cómo hay personas sin escrúpulos que sobornan a los editores de revistas científicas. En junio de 2023, el trabajo detectivesco de Nicholas Wise, investigador en dinámica de fluidos de la Universidad de Cambridge, reveló que una empresa china ofrecía a los editores de revistas científicas grandes sumas de dinero, más de US$20.000 (£15.000), a cambio de aceptar artículos para ser publicados.
Mientras que el trabajo minucioso y las conclusiones prudentes pasan desapercibidas, los investigadores a menudo reciben recompensas, en forma de becas y puestos académicos prestigiosos, por publicar hallazgos inquietantes que se plasman en titulares atractivos. Y cuando eso ocurre, y los grupos que se dedican a la abogacía, los políticos y otras personas confían y utilizan los hallazgos, resulta casi imposible retractarse de las afirmaciones. El ejemplo más conocido es el artículo publicado en The Lancet en 1998, con la coautoría de Andrew Wakefield, a quien muchos culpan de haber impulsado el movimiento antivacunas moderno. Ese informe falso fue finalmente retractado en 2010, pero Wakefield sigue siendo un héroe para mucha gente, incluyendo para personas como Robert F. Kennedy Jr., secretario de Salud y Servicios Humanos de EE UU. Muchas personas utilizan la retractación no como fundamento para demostrar que Wakefield estaba equivocado, sino como evidencia de que las empresas farmacéuticas deciden lo que dice la literatura médica.
Todo tipo de científicos se han visto obligados a retractarse. Gregg Semenza compartió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 2019 por “haber descubierto cómo las células detectan y se adaptan a la disponibilidad de oxígeno”. Un investigador anónimo descubrió imágenes duplicadas y manipuladas en el trabajo de Semenza en 2019.
A veces, las retractaciones se producen no porque los investigadores hayan cometido una falta ética, sino porque, tras recibir críticas, reconocen que se han equivocado en algo y se deben retractar de sus afirmaciones. Esto ocurrió recientemente en el caso de un artículo publicado en Nature, que incluía estimaciones infladas del impacto económico del cambio climático.
Detrás de todo ello se esconde una verdad incómoda que se malinterpreta con demasiada facilidad: la ciencia implica cometer errores. Cuando se combina con el conocimiento de que existe el fraude científico, y con la comprensión de que seguir el camino equivocado puede resultar en el desperdicio de recursos valiosos, puede llevar a una especie de nihilismo desesperanzador. Pero no debería ser así. Debemos recordar, incluso mientras trabajamos para fortalecer estos sistemas, que la falibilidad de la ciencia forma parte de su fortaleza.
En lugar de rendirnos, deberíamos prestar más atención a cómo generamos incentivos perjudiciales, priorizando la cantidad de publicaciones sobre la calidad, y lo llamativo sobre la minucioso. Quizás lo más importante es la necesidad de ayudar al mundo a comprender que, cuando los resultados llamativos acaban siendo incorrectos y se retractan o se corrigen, todo ello forma parte del proceso que nos acerca a la verdad.