Resumen
La Declaración de Estocolmo aboga por una reforma moral en la publicación científica: sustituir a las editoriales comerciales por revistas dirigidas por académicos, priorizar la calidad sobre la cantidad e instaurar una supervisión independiente. Aunque su espíritu es loable, el diagnóstico de la enfermedad es fundamentalmente erróneo. La crisis de la ciencia no deriva de las «fábricas de artículos» ni del afán de lucro, sino de incentivos sistémicos que recompensan la cantidad, la novedad y el prestigio por encima de la validez y la confiabilidad.
La propiedad sin ánimo de lucro no neutralizará la economía del prestigio; la vigilancia de los investigadores independientes no se puede hacer a gran escala; y los «registros de integridad» se limitarían a sustituir las mediciones con la vigilancia. Una reforma auténtica exige reconstruir la infraestructura editorial para convertirla en un servicio público: financiado con fondos públicos, gratuito tanto para publicar como para leer, y despojado de jerarquías e incentivos económicos.