Una organización internacional sin ánimo de lucro para fomentar el acceso y el uso adecuado de medicamentos entre la población hispano-parlante

Integridad de la Ciencia

Confía en la evidencia, no en el ruido

(Trust the Evidence, Not the Noise)
Carl Heneghan
Ponencia inaugural de Carl Heneghan en la conferencia EBM Live, 24 de junio de 2026
https://trusttheevidence.substack.com/
Traducido por Salud y Fármacos, publicado en Boletín Fármacos: Ética y Derecho 2026; 29 (3)

Tags: identificar la buena ciencia, escoger la evidencia de calidad, falta de integridad en la ciencia, ciencia en la que no se puede confiar

Treinta años después de que surgiera la medicina basada en la evidencia, el problema ya no es la falta de evidencia. Se trata de saber en cuál se puede confiar.

Hubo un tiempo en que la medicina basada en la evidencia tenía una misión sencilla: llevar la evidencia científica a la cabecera del paciente. Cuando David Sackett fundó el Centro de Medicina Basada en la Evidencia (The Centre for Evidence-Based Medicine o CEBM) de Oxford en 1995, el problema parecía evidente: los médicos tomaban decisiones con muy poca evidencia fiable.

Una editorial publicada en el BMJ en 1991 sugería que solo el 15% de las intervenciones médicas se basaban en evidencia científica. La respuesta de Sackett fue característica: «Midámoslo». ¿El resultado? Más del 80% de las decisiones relacionadas con pacientes hospitalizados estaban respaldadas por evidencia. El problema no era la falta de evidencia, sino la capacidad de los clínicos para encontrarla, evaluarla y aplicarla.

Treinta años después, el problema ha cambiado por completo.

Hoy en día, la medicina se ahoga en un mar de evidencia: PubMed indexó alrededor de 450.000 artículos en 1995; en 2025, esa cifra había aumentado a casi 1,9 millones al año. Actualmente se publican más de tres millones de trabajos al año en toda la literatura científica.

La incómoda verdad es que la medicina basada en la evidencia tuvo tanto éxito que generó otros problemas. Construimos un enorme ecosistema de evidencia, pero no logramos garantizar que toda ella fuera útil, fiable o relevante: la cantidad acabó superando a la calidad.

En consecuencia, la mayor parte de la investigación aporta poco valor: se duplican estudios, se persiguen cuestiones de importancia marginal simplemente porque son publicables y se celebran efectos minúsculos, aunque estadísticamente significativos, procedentes de estudios dudosos, a pesar de carecer de relevancia clínica. La literatura científica se llena cada vez más de efectos tan pequeños que incluso sesgos mínimos podrían anularlos por completo, y se ha llegado a confundir la significancia estadística con la importancia en la práctica clínica.

A esto se suma el problema de los sesgos. El «Catálogo de Sesgos» del CEBM documenta las innumerables formas en que la investigación puede llevar a conclusiones erróneas: sesgo de publicación, sesgo de notificación, sesgo de selección… la lista crece año tras año.

Pocos episodios ilustran esto mejor que el caso del Tamiflu. Durante años, los gobiernos gastaron miles de millones en almacenar este fármaco antiviral basándose en la evidencia publicada que sugería beneficios sustanciales. Sin embargo, cuando logramos obtener los informes completos de los ensayos clínicos, descubrimos que gran parte de los datos subyacentes nunca se habían publicado. La evidencia visible era solo la punta del iceberg; bajo la superficie se ocultaban miles de páginas de información inédita. Cuando se conocieron los datos completos, muchos de los beneficios que se atribuían a estas intervenciones se desvanecieron.

Y entonces llegó la covid.
La pandemia no fue simplemente una crisis de salud; fue una prueba de estrés para todo el ecosistema de la evidencia científica. Bajo una presión extraordinaria, la ciencia avanzó a un ritmo sin precedentes: proliferaron las preimpresiones, las revistas aceleraron sus plazos de publicación y los responsables de formular políticas exigieron respuestas inmediatas. El resultado fue un aluvión de información de baja calidad.

La medicina basada en la evidencia nunca se diseñó para ofrecer certeza durante una emergencia mundial en rápida evolución. Su objetivo es ayudarnos a gestionar la incertidumbre con honestidad.

Sin embargo, las sociedades modernas se sienten cada vez más incómodas ante la incertidumbre. Los políticos exigen respuestas definitivas, los periodistas buscan narrativas sencillas y las redes sociales recompensan la seguridad frente a la cautela.

Esto nos lleva a la siguiente fase de la atención en salud basada en la evidencia.

El futuro no consiste en generar cada vez más investigaciones; ya tenemos más que suficientes. El futuro pasa por identificar evidencia fiable, comunicar la incertidumbre con claridad y garantizar que las decisiones reflejen tanto la evidencia como los valores.

El objetivo es proporcionar evidencia fiable a los usuarios y, al mismo tiempo, fomentar la transparencia sobre la incertidumbre para facilitar la toma de decisiones.

La evidencia sigue siendo nuestra mejor defensa frente al error, la ideología y las ilusiones infundadas. Pero la evidencia por sí sola nunca bastará: también debemos saber cuándo es fiable, cuándo es incierta y cuándo es simplemente errónea.

El desafío ya no es encontrar evidencia, sino saber en qué confiar.

creado el 21 de Septiembre de 2026